Historias de running

Un sindicalista anónimo en fuga

Un sindicalista anónimo en fuga

En buen lio me he metido. Ahora resulta que debo ponerme unas zapatillas para correr y unos pantalones tipo calzoncillos, para zafarme de la Ley. Yo vivía una vida tranquila en Madrid. Hacía mi trabajo en la fábrica y, a pesar de todo, hasta puedo decir que me lo pasaba bien. Me gustaba mi trabajo.

La culpa la tuvo aquella rubia. Nunca pensé que una sonrisa bonita me pudiera meter en problemas. Ella llegó a la fábrica junto con dos chicos revoltosos. Hablaban de igualdad y de trabajo. Yo, la verdad, sólo le veía las curvas…

— ¡Trabajadores! Basta ya de ser explotados. Llegó la hora del proletario —gritó uno de los tíos.

Media plantilla de mis compañeros se sumaron al movimiento al escuchar lo que el sujeto decía. A mí no me dio ni frio ni calor aquel tipejo, pero cuando a las horas, la rubia me habló del sindicato y de unirnos a yo no sé qué causa, para mejorar las condiciones, me volví un experto en sindicatos, lucha social y plusvalía.

Obviamente, sentí algo de miedo. Hace apenas un año un primo mío había tenido que pasar una temporada tras las rejas porque estuvo metido en eso de los sindicatos. Lo soltaron apenas hace unos meses, cuando declararon que lo sindicatos eran legales. ¡Si son legales no tengo nada que temer!, me dije cuando la rubia me convenció de firmar el contrato.

No pasaron ni dos semanas después de haber firmado aquella hoja, cuando tuve que correr por las calles huyendo de la ley. A raíz de eso, dejé de usar zapatos de suela y conformarme con unas zapatillas de goma. Era más cómodo huir de los macarras de azul y sus ruidos de sirena.

Descubrí que era muy rápido corriendo. Incluso pude escapar de una patrulla que me persiguió cuatro cuadras desde Montera hasta Chueca. Comencé a tomarle el gusto a aquello de huir y perderme por las calles. No me imaginaba que sería un anuncio de lo que vendría.

Historias del running. Un sindicalista perseguido

Un par de hombres, gordos y calvos, me miran de reojo cuando les doy mi nombre: «Pedro Pérez». Me piden la tarjeta de identificación. El corazón me comienza a latir con fuerza. Siento las palpitaciones en la vena de la frente. «¡Se van a dar cuenta!», pienso una y otra vez. Uno de los sujetos arroja la tarjeta a un lado de la mesa. «En cualquier momento llegará la policía», me retumba en la cabeza.

Vuelvo a respirar cuando el mismo sujeto me entrega un dorsal con el número “99”. Debo ponérmelo en el pecho. Juego un rato con él e intento ajustármelo mientras me alejo. A pocos metros de donde estoy veo, a una mujer que discute con los hombres que anotaron mi nombre. Ella se aleja después de que les muestra el dedo corazón…

Después de inscribirme, me doy un paseo por el pueblo. Sé que mis compañeros me dijeron que debía permanecer en la sombra, lejos de los ojos de la poli, pero no me puedo resistir a dar una caminata por la playa.

Miro al mar y me pregunto si será la última vez que podré verlo. No sé si lo extrañaré. Yo crecí en la ciudad  donde lo único azul que veía, era el cielo cuando no llovía. Me doy la vuelta y regreso a la habitación que los miembros del partido me han acomodado en casa de una simpatizante de la causa. Voy corriendo, me quiero imaginar siendo uno de esos competidores que han venido hasta aquí para demostrar de qué son capaces.

En el cuarto, me recuesto un rato y me entretengo leyendo las instrucciones de la carrera. Me causa gracia que la gente vaya a correr más de 42 kilómetros por puro gusto. Veo los rostros en el panfleto: gestos de dolor y alegría. Son como máquinas con corazón. Puedo verme a mí mismo entre esas personas, con el viento del mar dándome en la cara. «Yo sería el ganador», me digo.

Una idea se apodera de mí: quiero sentirme como uno de esos runners. Quiero ser parte de esa historia que todos comentan al cruzar la línea de meta. Me pongo las zapatillas que Mario, un compañero sindicalista me ha dado y uno de esos pantalones que me hacen sentir que ando en calzones. Salgo a trotar desde el refugio hasta el sitio más lejano que encuentre. La dueña de la casa me detiene antes de cruzar la puerta:

— ¡¿Te has vuelto loco?! —me grita—, media Guardia Civil tiene tus fotos pegadas por el pueblo. ¿Te crees que vas a irte por ahí y nadie te va a reconocer?

La aparto de mi camino y comienzo a correr. Quiero saber hasta qué punto puedo llegar, sólo mis piernas, corazón y yo. Logro cruzar cinco kilómetros alrededor del pueblo. Llego al punto más alto, quizás han sido cinco kilómetros más. En el horizonte puedo ver una sombra muy lejana. Quizás son las montañas por las que tendré que huir a Francia.

Las piernas me laten y duele. Me siento un rato y comienzo a jadear. A mis pies, el pueblo de Palafrugell luce diminuto. «¿Qué distancia habrá de aquí a Madrid?». Me pregunto si alguien alguna vez habrá corrido esa distancia. Quizás si logro zafarme de este lio algún día, venga hasta este pueblito y corra hasta la Gran Vía de Madrid. De ahí tomaré impulso para llegar al Manzanares e ir a tomarme una sopa castellana en casa de mi abuela.

Ya es casi de noche y se me acaba el tiempo para fantasías. Vuelvo a pasos cortos, pero acelerados, al refugio. Un par de guardias civiles me miran desde una esquina. Bajo la mirada y comienzo a mover los brazos y las piernas como si trotara en cámara lenta.

— ¡Ey, tú! —me grita un guardia.

Hago como que no lo escucho y sigo mi camino.

— ¡¿Qué, estás sordo?!

Se me acerca. Yo sigo como un avestruz con la mirada clavada en el suelo.

— Papeles — me dice con voz metálica.

Juego a revisar en los bolsillos del pantalón que no deja nada a la imaginación. El oficial me mira de arriba a abajo. Sus compañeros en una esquina se aproximan. Él me mira con curiosidad y me pregunta:

— ¿Eres uno de los corredores de mañana?

Asiento con la cabeza. Él vuelve a detallarme y me dice:

—Suerte.

Siento que puedo respirar tras aquellas palabras, con las cuales él regresa con sus compañeros y me permite seguir mi camino.

Llego pálido y subo directo al cuarto. Sigo sin saber cómo pude hacer algo tan tonto como salir del refugio.

Historia de correr. Sindicalista perseguido por la policia

La mañana de la carrera me pongo el disfraz de corredor. Todo está planeado. Correré veintidós kilómetros hasta el punto marcado, en donde me desviaré hacia el monte. De ahí, seguiré cerca de tres kilómetros más hasta un sendero donde debo aguardar a que un Jeep aparezca y me lleve hasta los Pirineos.

Me coloco el dorsal con el número “99”. Veo polis por todos los extremos, pero ninguno repara en mí. Es tal como lo planificaron: salir de Madrid escondido en el maletero de un coche. Cambiar a un autobús disfrazado de anciano hasta Cataluña. Llegar en un auto de alquiler hasta Parafrugell y, finalmente inscribirme en la carrera para perderme camuflado hasta el kilómetro 22.

Las piernas me molestan un poco por la caminata de ayer. Doy algunos saltos para calentar y procuro estirar para no sentir las agujetas. Mientras hago el calentamiento noto que un grupo de Guardias Civiles llevan rato mirándome. Sólo me percato de su presencia cuando los corredores comienzan a organizarse a mi alrededor.

Sigo con la vista en el horizonte. Dan el pistoletazo de salida y yo comienzo a correr con todas mis fuerzas. No por las ganas de competir, sino por los guardias que corren a mis espaldas.