Historias de running

Okongo, un corredor del desierto

Okongo un corredor del desierto

No quiero usar zapatillas para correr. Le insisto a mi primo que les diga que no voy a ensuciarles sus calles por andar con los pies descalzos. Da igual, aquí todas las calles están sucias, así que no se notarán mis huellas. Son tan diferentes a las de mi pueblo… Allí todos los caminos son de tierra y uno nunca usa zapatos y mucho menos para correr. Nosotros tenemos la planta dura, como una suela. Correr así es mejor. Me canso menos.

Mi primo habla un buen rato con los hombres de la mesa de inscripción. Le gusta mucho hablar, él es así. Son unos señores gordos y calvos que nos gritan al hablar. Uno de ellos apunta a mis pies y grita:

— ¿¡Y las zapatillas!?

Mi primo abre la mochila y le muestra un par de zapatillas de cuero. Son marrones y están desgastadas. El hombre que grita guarda silencio y termina por darme un número dibujado en una hoja. Es el número «123». Mi primo cojea al caminar hacia mí para explicarme que ya estoy en inscrito a la carrera, pero que no me dejarán correr sin llevar puestas las zapatillas.

Miro las zapatillas viejas y arrugadas. Nos costaron 12 pesetas. El otro par estaba colgado de un hilo transparente, igual que un pescado. Mi primo me dijo que íbamos a necesitarlas, el día que salimos de Cádiz hacia aquí. No sabía para qué, ni porqué teníamos que gastar el dinero en aquellas zapatillas tan feas. Yo prefería usar ese dinero para comprar un kilo de carne de ternera, asarla y comérmela. 

—América, Okongo, América — Piensa en América…

Con el dorsal para la carrera en nuestro poder nos vamos al hostal. ¿Qué es un hostal? Resulta que así es como llaman a la habitación donde dormimos mi primo y yo junto a otras diez personas. No me puedo quejar. Cada uno tiene su colchoneta y tenemos un baño al final del pasillo que compartimos. Mi primo pagó cinco pesetas por cada noche. Es lo máximo que nos podemos permitir desde que llegamos.

Nos echamos en las colchonetas para intentar dormir. Si lo hacemos temprano, no tendremos que gastar dinero en la cena. Me tumbo, pero no logro dormir. Cojo mi dorsal y lo miro con detenimiento. Me lo ajusto en el pecho. Puedo imaginarme corriendo como el viento.

Okongo corriendo Historias del running

Desde niño corría por los montes. Nadie era más rápido que yo. Comencé a ganarme la vida llevando cosas de aquí para allá. Mi primo era el encargado de buscarme clientes. Vivimos bien un tiempo, hasta que llegó el golpe de estado. Después de eso, nos tocó irnos. No había comida ni entre la basura.

A veces, revisábamos las bolsas de desperdicios de los restaurantes y hoteles. En una de ellas, fue donde mi primo encontró la revista de los chicos que corrían tanto. La estudiábamos cada noche. Él me explicaba que en América le pagaban a la gente por correr. Que con mi velocidad, allí seríamos ricos. No tardamos más de dos noches en arrancar a un nuevo destino. Mi familia estaba muerta y él era el único lazo de sangre que me quedaba. Mi primo logró preparar una mochila y yo guardé lo que conseguí en una sábana que amarré a mi espalda.

Caminamos cuatro meses. Cruzamos el desierto. No puedo decir que haya sido malo. Tuvimos la suerte de cruzarnos con unos bereberes que aceptaron llevarnos en su caravana a cambio de que los ayudáramos a cargar unos sacos. Entre mi primo y yo llevábamos más carga que los camellos. Yo hacía surcos sobre el calor de la arena y trataba de imitar a los hombres de las fotos de las revistas. Estiraba los brazos y los movía en sincronía con las piernas. Creo que hasta los camellos se reían, pero mi primo me daba ánimos al decirme:

— América, Okongo — Piensa en América…

Nuestro plan era sencillo. Cruzaríamos del desierto hacia Marruecos y de ahí hasta España. Haríamos algo de dinero y luego nos embarcaríamos a América.

Los bereberes nos explicaron que tuvimos suerte, pues siempre encontraban huesos de hombres como nosotros esparcidos por el desierto. No me gustaba escuchar aquello. Me imaginaba a mí mismo rodeado de cuervos picándome los ojos y la arena metiéndose por mis oídos. Tan sólo de pensarlo, me daba escalofríos.

Historias del running corredor desierto

Duermo corrido la noche entera. Me levanto fresco. Es el día de la carrera y tengo el cuerpo listo para correr. Me asomo a la ventana y puedo ver el mar no muy lejos. Todo es muy bonito aquí. Me gustaría poder llevarme un poco de esta belleza conmigo. Adornaría todo mi pueblo con sólo una de estas plazas. Bajo a dar una vuelta. El rocío de la mañana tiene todo humedecido. Me alejo un poco del hostal para caminar hacia la plaza que tengo en frente.

Tantos días pensando en el maratón y finalmente ha llegado. Mi primo y yo nos enteramos de esta carrera en Cádiz. En esa ciudad lo atendieron de la bala que le dispararon en las Islas. Verlo cojear me llenó el corazón de tristeza. No hicimos nada para que aquellas personas nos dispararan. Después del desierto, llegamos a la ciudad de Marrakech y de ahí cruzamos a las Islas. Fue donde unos hombres nos dispararon antes de que subiéramos a los botes para cruzar a Cádiz.

Habíamos planificado quedarnos unos meses en Cádiz hasta hacer dinero para ir a América. Las cosas cambiaron con el disparo. Con mi primo cojeando, el trabajo era escaso. Yo conseguí un buen curro de repartidor de carne. Me encargaba de llevar a la espalda, patas enteras de ternera de un lado a otro. Las piernas se me fueron haciendo más pesadas a medida que las cargaba. A pesar de ello, utilizaba el peso para seguir corriendo como lo hacían esos corredores de las páginas de las revistas. Era incómodo, pues las patas de carne se me caían con mucha frecuencia, pero las recogía antes de que alguien pudiera darse cuenta.

Por aquellos días, mi primo y yo compartíamos un cuartucho con una mujer y sus cuatro hijos. Venían de América, pero del sur. Ella le enseñó a mi primo la lengua española, yo no logré aprenderla. Trabajaba haciendo la limpieza de una casa de una familia acomodada, de las que llamaba millonarias. Una tarde nos dijo que tendría un fin de semana libre, porque sus jefes se irían a correr a Cataluña. Mi primo abrió los ojos de par en par. No paró de hacerle preguntas a la mujer sobre el lugar donde ellos iban a correr.

Ella le explicó que el evento se llamaba maratón. Por insistencia de mi primo, la mujer le escribió en nombre en un papel. «Palafrugell», decía. Esa misma noche cogimos un autobús que tardó doce horas en dejarnos en el norte del país. De ahí, hasta llegar al lugar del maratón fue sencillo.

Corredor del desierto Historia de corredores

El sol va subiendo en el cielo. La carrera es en un par de horas. Me gustaría conocer las calles por donde voy a correr, hablar con la gente que vive ahí, saludarlos y estrechar sus manos para decirles «Hola, soy Okongo y vengo de muy lejos a correr». Mientras me imagino tomando café y hablando con gente que no conozco, caigo en la cuenta de que no sé dónde estoy.

Me tropiezo con una pareja de mujeres muy jóvenes. Cruzan la calle apenas me ven. Intento preguntarles dónde estoy, pero la única palabra que sé decir en su lengua es Maratón. Sigo caminando por unas calles estrechas y llego al mar. El agua es tan azul como la de mi pueblo.

Una barcaza sale del agua y un hombre se baja a halarla hacia la orilla. Me acerco y lo ayudo a tirar de la soga atada a la proa. Él me sonríe. Le digo:

—Maratón.

— ¿Y eso qué es, tío?

No comprendo qué me responde, pero dudo que él tampoco me entendiera.

Se me ocurre comenzar a mover las piernas como si corriera, pero sin moverme del mismo sitio. El hombre suelta una carcajada y me dice:

— ¡Estás de coña!, pero si lo que quieres es correr, deberías irte a la carrera.

¡Carrera! Esa palabra me suena. Subo mis manos a la altura de los hombros a modo de pregunta. Él me señala hacia una calle lateral y me muestra tres dedos. Con la otra mano mueve los dedos como si caminaran. Lo entiendo y corro calle arriba.

Cuando cruzo la tercera manzana, veo mucha gente que grita. En la calle, una mujer con un número escrito en su camisa va trotando, pero arrastra una pierna. No hay ningún otro corredor detrás de ella. ¡He llegado tarde por haberme perdido!

Me lanzo a la calle a correr. No logro dar ni dos pasos y un hombre, gordinflón y calvo, se me acerca y me grita. Es el mismo que le dijo a mi primo lo de las zapatillas el día de la inscripción. No entiendo nada, sólo quiero correr. A lo lejos, veo a mi primo que llega dando brincos con mi número en una mano y las zapatillas en la otra. Voy hacia él, a pesar de que es en sentido contrario hacia donde van los corredores.

Él me explica que debo ir al inicio de la carrera y comenzar a correr desde ahí. Me coloca el número sobre el pecho y me dice que le de caña, ya que estoy el último. Llego al punto de partida y arranco, pero el señor gordinflón que me gritó hace unos minutos, vuelve hacia:

— ¡Zapatillas, negrata! —entiendo que dice.

Grita mucho y mueve los brazos como un aspa. Apunta a mis pies descalzos y sigue alzando la voz. Le arranco las zapatillas a mi primo y me coloco una en cada mano. Empujo al hombre gordo y las suelas le quedan marcadas en la americana blanca que usa. Da un paso hacia atrás y me deja la vía libre.

No logro ver siquiera a la chica que cojeaba al trotar. Siento el calor del suelo en la planta de mis pies. Las zapatillas me cuelgan de cada mano, por lo que las ato con los cordones a mis muñecas. Doy un pequeño salto y comienzo a correr como nunca antes lo he hecho.