Historias de running

Lourdes Gabarain, la indomable

Lourdes Gabarain

Salgo por la cocina para evitar cruzarme con mamá en la sala. Tengo puestas mis dos camisetas y uso un par de botas de suela gruesa para correr. Me gusta imaginar que es un entrenamiento especial para mis piernas el correr con un peso como ese encima.

Esto de entrenar no me va bien. Para mí, la vida es una carrera que no necesita entrenamiento ninguno. Si sólo se tratara de competir, todo sería perfecto. Me alejo un par de manzanas de casa. Sé que mamá me mira desde la ventana y se lamenta en silencio al pensar que hago cosas de chicos. Ve mis muslos fibrosos y mi espalda ancha y de inmediato se le hace un nudo en la garganta al imaginar que no soy la niña con la que siempre soñó. Esa que juega con muñecas o fantasea con buscarse un marido.

Comienzo a correr con energía, como suelo hacer siempre que me calzo estas botas. A cada paso voy dejando la voz de mamá atrás. Si hubiese entrenado así, huyendo de su voz hace un año, seguro que habría ganado el maratón de Burdeos 77. ¡Pero da igual!

El viento sopla con fuerza pero le imprimo fuerza a mis zancadas. Cruzo por el puente hasta la iglesia. Si alguien supiera lo que es el running en este país, ya me habrían convertido en una postal de revista. Dejo atrás la iglesia y bajo por el camino real para terminar en la plaza. Quiero llegar pronto al río antes de que el sol comience a calentar.

Mis dedos comienzan a chapotear dentro de las botas. Me gustaría tener un par de zapatillas para correr, pero no me ha quedado ni un duro de la última competición. Me toca hacer el entrenamiento con este par de botas que pesan una barbaridad.

El calor se va sintiendo más fuerte. Ya mis dedos no chapotean, sino que nadan. La doble camiseta no me ayuda a lidiar con el verano. ¡No sé porque me pongo tanta ropa para correr! Bueno sí. La verdad que no tuve otra alternativa. Este par de pelotas que tengo en el pecho saltan con vida propia al trotar. No me queda más remedio que guardarlas bien para evitar comentarios sexistas.

Lourdes Gabarain Historias de running

Paso por la plaza central. El calor me obliga a quitarme la segunda camiseta y quedarme sólo con la de correr. Le ruego a Dios y a todos los santos para que el sujetador no se rompa.

No recorro ni cien metros cuando un hombre me grita:

—Eh, guapa, ¡estás para el ordeño!

¡Lo sabía! Reduzco la velocidad, vuelvo y le clavo una buena hostia. Del golpe, el sujeto cae sobre la calzada. Su nariz roja e hinchada lo convierten en una caricatura de borracho de taberna. A pesar del calor, me vuelvo a colocar la segunda camisa. Prefiero pasar calor a escuchar esos comentarios.

Termino el entrenamiento y vuelvo a casa. Mamá está en la cocina. ¡Menos mal! no tendré que escucharla hasta el almuerzo. Me voy directa a mi habitación a meterme una aguja e hilo en los pies llenos de ampollas. Dejo que el líquido vaya drenando mientras me quito la ropa de correr. Mis senos caen al aire. Si gano en Palafrugell voy a usar el premio para operarme. Unos pechos pequeños me ayudarán a correr más deprisa.

— ¡A comer! — grita mamá.

Somos tres en la mesa: ella, la soledad y yo. Nos sentamos una frente a la otra sin decir palabra. Siempre ha sido igual desde que comencé a correr. Entre ella y yo hay un muro de más de un siglo. Yo me imagino haciendo running en Nueva York con The Jackson 5 tocando de fondo. Ella, sin embargo, sigue llorando la muerte de Franco.

La veo dar sorbos al puchero. Odio el sonido que hace. Me trago mi plato rápido para levantarme de la mesa. Ella intenta decirme algo, pero la dejo con la palabra en la boca. Me voy al patio a hacer algunas sentadillas para bajar la comida. Cuento hasta cincuenta cuando siento la mirada fija de mamá. Se acerca con una caja en sus manos. Me concentro en mis movimientos para ignorarla.

—Lourdes — me dice.

Jadeo un poco. La sangre se me sube a la cabeza y le grito:

—Sí, ya sé mamá, que me busque un marido, que me comporte como una mujer —le contesto al hacer la sentadilla número 41.

—Yo sólo quería… — me dice y me extiende la caja.

Miro dentro y los ojos se me nublan. Un par de zapatillas para correr. ¡Y qué zapatillas!, incluso tienen una pequeña línea rosa que las decora todo lo largo que son las zapatillas.

—Son para Palafrugell —.

Le doy el abrazo más largo que he dado en toda mi vida.

Lourdes Gabarain Historia de correr

Comienzo el viaje a Barcelona. No me quito ni un solo segundo mis nuevas zapatillas. Las traigo puestas desde el día que me inscribo al maratón. Los jueces no aceptan mi inscripción. Les muestro mi diploma de haber corrido en el maratón de Burdeos, el certificado tiene letras muy grandes con mi apellido, Gabarain. Los tres hombres del jurado, unos señores gordos y calvos, cotillean entre ellos y me apuntan con el dedo. Me dicen que no puedo correr, que el maratón es sólo para hombres. Les saco el dedo del medio y les digo que nos veremos en la meta.

Me preocupa que un tío venga a sacarme de la carrera como a la chica esa que vi en las noticias del maratón en Boston. Yo no tengo un marido jugador de futbol americano que me defienda. ¡Que se atrevan! Me digo al imaginar las buenas hostias que le voy a dar al que venga a tocarme.

La competencia está a sólo un día. Esta vez no voy a huir de la voz de mamá, la tendré en vivo y en directo entre el público animándome. No logro dormir esa noche. Es el primer maratón en mi tierra, tengo derecho a estar nerviosa, me digo para darme ánimos.

El día de la carrera me suenan las tripas. Tengo puesto un número en el pecho que me he escrito yo misma sobre una camiseta blanca que me queda pequeña. Los senos parecen que me van a explotar. Hay tanta gente que siento que el mundo entero está aquí. Veo a otras dos chicas entre los competidores. Me acerco hacia a ellas, pero el gentío me impide dar un paso en ninguna dirección que no sea hacia el frente.

—Cariño, deja salir al par de tetas —me dice un competidor que está a unos pocos metros de mí.

Le doy un empujón y él me lo devuelve. Caigo al suelo cuando dan el pistoletazo de salida. Un sujeto gordo, alto y muy pesado arranca a correr y me pisa el tobillo. Pego un grito. Coloco las palmas de mis manos sobre el suelo. Un viejo canoso, con arrugas hasta en los ojos, me mira sobre el asfalto y me dice:

—Pobre chica, esto no es para mujeres.

La sangre me hierve y me ayuda a impulsarme para ponerme de pie. Me ajusto un poco el sujetador y comienzo a correr. Un cosquilleo me sube por el tobillo. El dolor me atraviesa la pantorrilla. Es un esguince serio. Voy arrastrando la pierna y entiendo que tendré que abandonar la carrera.

Me desplazo a un lado e intento perderme entre el público para alejarme lo más que pueda de la competición. No quiero mirar atrás. Tropiezo con una pequeña niña que sostiene un globo rosa. Me mira extrañada y me dice:

—La carrera es para allá.

Su dedo apunta hacia el otro extremo. Comienzo a llorar. Pateo el suelo y regreso a la línea de salida. Son 42 kilómetros y pico que tendré que dar a pasos cortos. Nada importa ya, no voy a detenerme…